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Valores civiles de un Papa extraordinario y la abolición de la pena de muerte

Luis Arroyo Zapatero

La primera sorpresa que nos dio el Papa Francisco fue que no sólo se dirigiera a los católicos o sólo a los cristianos, sino a todas las personas de buena voluntad. Y la primera sorpresa para los juristas fue que en su primer jueves santo en 2013 en vez de ir a lavar los pies impolutos de doce cardenales en el Vaticano se fue a la cárcel juvenil de Regina Coeli y lavó los pies de precisamente doce jóvenes, dos de ellos mujeres y, para colmo, una de ellas musulmana. Estaba así todo dicho. Lo ha vuelto haces este último Jueves Santo. Por si acaso, a los pocos días publicó una “Exhortación apostólica”, con una severa crítica a lo que se ha llamado neoliberalismo y que había llevado a la crisis de 2008, condenando a la miseria a millones de personas y denunciaba ese tratarlos como “descartados”. Al poco publicó la primera encíclica, Laudato sí, con la que acabó con el tratamiento frívolo o negacionista del cambio climático.

Al informarme de la vida entera del nuevo Papa advertí que la precipitada visita a la isla de Lesbos tenía mucho que ver con la condición de emigrantes italianos de sus padres y con la tragedia que suele acompañar a las migraciones, como les ocurrió a quienes se embarcaron en la nave para la que tenían pagados los billetes que les iba a trasladar a las Américas y que naufragó y no pocos murieron, y en la que no llegaron a embarcar por no haber podido vender todavía todas sus pertenencias.

 

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