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De apodos y fama pública en el ámbito judicial

Alberto E. Nava Garcés

Aunque esta cuestión ya fue resuelta por el Tribunal Electoral en la que se negó la petición para que candidatos (as) a cargos del poder judicial utilicen sobrenombres en la boleta el día de la elección, los apodos son una tradición arraigada en nuestra cultura. Los hay afectivos y despectivos; algunos se refieren a aspectos físicos y otros a cualidades o defectos de la persona; los hay muy ingeniosos y otros son sumamente vulgares. En los deportes abundan y no falta quien se especialice en poner apodos a todo mundo.

Lo curioso es que esta cultura del apodo se traslade a la elección judicial. Algunos candidatos a la judicatura solicitaron se les colocaran los que creen que son sus sobrenombres en la boleta electoral.

Parece broma, pero eso revela el nivel al que quieren llevar esto.

Como también resulta interesante que, a veces el sobrenombre que la persona escoge no sea el mismo con el que las demás personas lo conocen. Y eso me remite a aquella vieja anécdota de la Facultad de Derecho, en la que una eminencia del Derecho pretendía que su alumno revelara a su auditorio que era conocido como “El Kelsen mexicano” y no, el alumno lo conocía con otro apodo y pues aquello terminó en tragicomedia. El maestro fue sorprendido por el verdadero apodo que tenía; el alumno quedó sumamente avergonzado y el público no salía de la sorpresa y las ganas contenidas de reir.

 

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